Montero Glez: «Soy todo lo contrario de un hombre de orden»


Llega con Pistola y cuchillo bajo el brazo, la novela que hará aún más inmortal el espíritu de Camarón y, en sus propias palabras, la mejor de cuantas ha escrito. Por esa razón, aunque le aburran las entrevistas, accede a dedicarnos unas horas: “La propaganda es algo que nunca rechazo”, dice. Por eso tú y yo estamos hablando ahora.

Ya conocemos la situación: son tiempos de sequía. Las editoriales, esclavas de la ley de la oferta y la demanda, sólo queman sus naves con fórmulas rentables. Y no vamos a culparlas por ello, que de algo tienen que vivir los ricos, pero no deja de ser lamentable que tipos desbordados de talento, como Montero Glez, se vean relegados a la sombra o al silencio de las librerías, allá donde sólo llegan los que se aventuran.

Madrileño, exiliado desde hace 13 años en Chiclana por voluntad propia, amante de la intensidad y del verbo, de la carne y la experiencia, nos recibe en el poblado fantasma de Caño Chanarro, lodazal viejo que muy pronto dejará de ser ruina para ser recuerdo.

Cada vez que te leo, acabo sintiendo inevitablemente la misma sensación, que eres uno de los autores españoles más infravalorados de todos los tiempos. ¿Crees que la literatura está siendo justa contigo?
Mira, yo nunca me atreví a soñar que tendría tantos lectores. A mí se me lee. La gente no pilla mis libros para tenerlos de adorno. Mis lectores se rascan el bolsillo, o van al préstamo público, o roban mis libros. Y lo hacen para leerme. Date cuenta de una cosa: si tú y la gente como tú me valoráis, no estoy infravalorado. Otra cosa es que yo siga siendo una china en el zapato de los que pisan los Salones Literarios. Un ruido dentro del Canal Único de Información, que decía Vázquez Montalbán, un nudo de resistencia que llama mi admirado Subcomandante Marcos.

A veces da la impresión de que hace falta morirse para que descubran el genio de uno.
No sé si hace falta morirse, cuando me muera lo sabré. De todas las maneras, viendo lo que hay, te diré que siempre es más fácil para la industria del entretenimiento manejar un cadáver que a un artista vivo.

Como ocurre con Bolaño, menospreciado por editoriales y lectores durante gran parte de su vida y subido a los altares tras su muerte. ¿Qué te hace tan diferente de él, a tu entender, además de seguir respirando?
El que no me guste la literatura de Bolaño no quiere decir que no me apenara su muerte. De la misma manera, celebro su éxito. Celebro la lucecita que le queda a su viuda.

Sí, la lucecita de su CPU, que tiembla de pavor cada vez que siente cerca los dedos sedientos del expolio. No me has respondido, ¿qué es lo que no te gusta de Bolaño?
A mí me gusta que en una novela los personajes contaminen de vida las páginas del libro. Me gusta que me entretengan y Bolaño no lo consigue. Pero quiero ser respetuoso con él, con los suyos. Como te decía antes, me parece una putada que el chaval no pueda disfrutar de su éxito.

Cierto, pero no me negarás que hay mucho fariseísmo tras su desgracia. Piénsalo por un momento, si te fueses a morir ahora, ¿qué cosas que has escrito no querrías que saliesen nunca a la luz?
Si esas cosas dan de comer a mi viuda, a mí me da igual. Ya ves tú. Que saquen hasta las cartas encendidas que me escribo con mis lectoras.

Hablabas antes de los salones literarios, todavía recuerdo las imágenes del día en que subiste a recoger el Azorín hace dos años, rodeado de tanto fantasma literario, de tanta corbata y tanto Rolex y tanto estómago agradecido. Tú, que emigraste al sur huyendo de estas cosas, ¿no te sentiste un poco marciano en aquel ambiente?
No. De todas las maneras esa pregunta se la tendrás que hacer a los que aquella noche se sintieron marcianos o marcianas. Yo no me sentí marciano, para nada. Huí de Madrid porque a mí las ciudades no me gustan, excepto Sevilla, claro. Vivo próximo al mar desde hace trece años. La Naturaleza es mi gran maestra. Aquí tengo pocos estímulos, pero muy intensos. En Madrid había muchos, pero poco intensos.

Curiosamente, fuiste a ganar el premio con una de tus novelas más controvertidas, “Pólvora negra”. Cuesta creer que otras, como “Sed de champán” o “Cuando la noche obliga” se volviesen a casa sin nada. ¿De cuál de todas ellas te sientes más orgulloso?
De la que no está aún publicada, de ésa es de la que estoy más satisfecho, de la que todavía es mía y pronto dejará de serlo para ser vuestra. “Pistola y Cuchillo” se titulará. Y en ella sigo ahora.

Sé que hay supersticiosos que prefieren no hablar de sus novelas hasta que nacen, pero la tuya ya está en la incubadora. ¿Quieres hablarme un poco de ella?
“Pistola y cuchillo” es una novela dura. El tema principal es la amistad, el empeño de la palabra dada que, al perderla, se pierde con ella el honor. Es una novela de sombras, pocos personajes y mucho diálogo. Casi teatral. Corta pero muy intensa. Se ha venido destilando de poco en poco, desde hace dos años. He desescrito mucho más que he escrito. La hice con tiempo, que es como se tienen que hacer estas cosas. Aún estoy con el último borrador pero puedes poner que ya es león muerto. El primer borrador lo escribí del tirón, en la Venta Vargas. Luego, sobre él, he ido sumando borradores. Cuando iba por el cuarto borrador tuve una conversación con Antonio Muñoz Molina, uno de mis maestros, uno de los novelistas que más admiro. Hablé con él, con motivo de una entrevista para su novela, gran novela, “La noche de los tiempos”. Total que él me explicaba la importancia de la primera persona en su novela y, mientras me contaba esto, yo me daba cuenta de la falta de la primera persona en la mía. Iba por el quinto borrador. Volví otra vez atrás y empecé a buscarme otra vez. Así, con voz propia desde el arranque, empecé de nuevo a sumar borradores hasta llegar al séptimo. Hago siete borradores de un trabajo. Ni uno más, ni uno menos. Luego cuando me vienen las galeradas, pido repasar los juegos tres veces. Pero lo que te quería contar es que la he ido elaborando sin prisas y con mucho gusto, muy sentida. Date cuenta el respeto que tengo yo a un artista como Camarón. Es otro de mis maestros, junto con Francisco de Goya y Lorca. Un quejío cósmico que arrancaba de la tierra con todo su sabor de sangre. Tardará mucho en nacer otro igual de diferente a todos. Cogía de todos y no se parecía a nadie. Un monstruo que hizo del barro materia luminosa.

En muchas reseñas de tus libros suelen relacionarte con Bukowski. Parece que cuando hablamos de literatura sólo sabemos comparar con lo anterior y, a veces, sólo con lo que conocemos.
Bukowski tuvo un maestro: Céline. Céline no está superado y, si lo está, ha sido por obra y gracia de Vallejo, Fernando Vallejo, el mejor escritor que ha dado la lengua castellana. Esa lengua con la que se escribió el Siglo de Oro y que estaba estancada hasta que llegó él a sodomizarla hasta hacerla gemir de gusto como una perra. A veces me comparan con él y con Paco Umbral, pero eso son palabras mayores. Yo soy un principiante; un aprendiz deslumbrado ante la prosa de sus maestros.

¿Cuál ha sido la comparación más absurda que has tenido que escuchar?
El otro día me hizo gracia que me metieran en el mismo saco que a los nocilleros. Hay gente que escucha campanas y se pone a bailar la Jota.

Con los nocilleros, tiene delito...
Mira, quiero precisar una cosa ya que he sacado el tema: Agustín Fernández Mallo es un tipo cojonudo, buen chaval. Estuve firmando con él en una de las últimas Ferias del libro en Madrid y nos hicimos amigos. Si tengo guasa con él es porque me cae simpático. Es un tío valiente. A veces no sé qué admirar más o la valentía de Agustín por dar a la imprenta sus cagadas o la valentía de sus editores por promocionar tamaña mierda. Mira que después de toda aquella porquería teenager, que no son más que una mala traducción de Bukowski, después de aquello me dije: No creo que la industria saque una mierda más grande. Pues sí: Nocilla. ¿Qué será lo próximo?

Ahora que mentas a Fernández Mallo, recuerdo que él y su portada mediática tienen gran parte de culpa de que hoy me concedas esta entrevista. ¿Quieres saludar a Toni Iturbe?
Toni Iturbe es mi compadre. Soy padrino de su hijo Darío. Espero que Toni no muera nunca, pues si me tengo que hacer cargo de la educación del niño… En fin, creo que aprendería la palabra “joder” muy deprisa.

Compadreos aparte... ¿Tendrás que combinar Nocilla con Pistola para que te concedan la repercusión que mereces?
Lo de la propaganda es algo que no rechazo. Por lo mismo ahora tú y yo estamos hablando. Pero, ¿sabes?, concedo entrevistas a los medios y luego no salen: el Canal Único de Información censura mi voz. Yo no voy a moderar mi lenguaje, pues sólo tengo uno, sin dobleces. Me comporto igual en la cama, que en la mesa, que delante de una hoja en blanco. Yo al coño llamo coño; nunca vagina. Date cuenta de que la cultura de este país ha sido secuestrada por una pandilla de mojigatos que poco o nada tienen que ver con lo que es la cultura. Gracias a la Internet les quedan los días contados.

Antes hablábamos de comparar, a ráfagas me recuerdas a Valle-Inclán, pero también al tío Paco. Creo, de hecho, que eres una versión mejorada y más humana del gran Umbral. Siempre lo he creído. Su punto débil era la novela, el tuyo no.
Ramón María del Valle-Inclán era novelista; Paco Umbral no, aunque escribió la mejor biografía novelada de Valle-Inclán, la de los botines blancos de piqué. Unos botines que pisan el empedrado del Madrid de principios del siglo XX y que resuenan en los espejos de ese modernismo que traería Rubén Darío de Latinoamérica, embotellado en París. Es apasionante el estudio de aquella época de la que hay que mamar si uno aspira a convertirse en escritor con voluntad de prosa. Por eso, a Paco Umbral, aunque no fuera novelista, no le pasaba nada. Manejaba el idioma hasta conseguir la electricidad. Porque mamó de ese pezón, el pezón saliente del modernismo.

Anda que no se las trajo finas con uno de tus grandes amigos y valedor universal, Arturo Pérez Reverte...
Cuando murió Paco Umbral escribí un telegrama de pésame a Arturo. En él ponía: “Te acompaño en el sentimiento. Ya no tienes con quién batirte”.

No haber entrado en la Real Academia, como sí hizo Reverte, fue una de sus grandes frustraciones. ¿A ti te desvela eso de los sillones o te conformas con una banqueta en la Feria del Libro?
Yo soy un hereje. Nunca entraré en esos sitios. Desde que murió don Camilo José Cela la Real Academia es un club gay, y digo gay y no digo de maricones porque para ser gay hace falta tener mucho dinero.

Al hilo de esta observación, creo que nadie, desde Cela y Umbral, ha vuelto a tratar con tanto mimo el lenguaje como tú. Tal vez tu estampa de escritor lumpen te haya ayudado a burlar semejante ratonera. Aún así, tú no estás del todo de acuerdo con esta clasificación...
Es que no soy lumpen. El lumpen es una “no clase” ya que no tiene conciencia de clase. Yo sí tengo conciencia de clase. Mi abuelo fue artesano, zapatero remendón del barrio de los Cuatro Caminos. Él y mi abuela, que tiene 95 años y que aún vive, fueron los que me criaron. Yo tengo conciencia de clase, de clase trabajadora. Tengo odio, no tengo rechazo, tengo odio a los burgueses. Si trabajo el lumpen es porque en el lumpen hay más literatura que en la puta burguesía. Pero no soy lumpen.

Pero también has vivido el lumpen en tus carnes. No se puede escribir tan bien sobre el lumpen sin haberlo conocido.
He vivido todo lo escrito. Incluso para “Pólvora Negra” estuve en contacto con los explosivos y la química. Mira: Mateo Morral tenía orquitis y, para saber el tiempo que tardó en salir de la pensión, una vez arrojada la bomba, y refugiarse en el periódico de José Nakens, para medir el tiempo, me amarré el cordón de mi zapato al escroto; estrangulación se llama. Así conseguí la orquitis de Mateo, inflamación testicular, dolor de riñones y envaramiento de la cintura. Con paso apurado fui el Mateo. Para falsificar la realidad, antes hay que conocerla. Lo mismo con el lumpen. “Sed de champán” la arranqué en la Rosilla, un poblado que había a las afueras de Madrid, un mercado de droga.

Lo de la orquitis suena terriblemente gonzo. ¿Cómo lo solucionaste?
La cosa tuvo a largo plazo efectos secundarios. No es broma, se me enquistaron los testículos que parecían una bomba Orsini y luego me salieron unas manchas rojas en la punta del glande que ríete tú de los dálmatas. El urólogo me dijo que lo de las manchas eran angiomas. Así, a primera vista, se notan, pero cuando empalmo pasan desapercibidas. Lo otro, los quistes eran benignos, me dijo, y que sólo desaparecían eyaculando sin contención. Dejé de practicar tantra y estuve de eyaculador precoz hasta ahora, que ya han desaparecido.

Me ha gustado eso de que hay que conocer la realidad antes de falsificarla. ¿Alguna vez, orquitis aparte, pusiste en riesgo tu vida en pos de la novela? ¿Te diste al estraperlo para ambientar “Manteca colorá”?
Intento no jugarme lo único que tengo, el único capital del que dispongo, mi vida. Lo que sí es cierto es que la adversidad no es un mérito, es algo secundario. Aquí en el sur, donde vivo, he ejercido en diversas profesiones que llaman liberales. Yo no soy un privilegiado que ha dicho: pues ahora quiero ser escritor, y pumba, me han puesto todo como a otros y a otras, pero, ¿sabes por qué? Pues porque yo soy escritor de raza, de la raza de los acusados y para los que pertenecemos a esa minoría la cosa anda jodida. Daniel Ruiz García es otro escritor de raza y Miguel Baquero y Pedro de Paz y Javier Puebla y pocos más. Todos nos tenemos que buscar la vida. Faulkner trabajó en la mina, Onetti vendía neumáticos, yo, tabaco de contrabando. En fin.

¿Recuerdas en qué momento se instaló en tu interior el bicho de la literatura?
Lo hizo el día que murió mi abuelo Ángel, el que era zapatero. Tendría yo trece años y ese día escribí como un loco lo que sentía en aquellos momentos. Fue lo primero que escribí por mi cuenta; sin obligación del profesor cuando te mandaba hacer una redacción sobre la primavera. ¿Sabes? Me sentí nuevo, me sentí poderoso. La pena no se me fue, pero me ayudó a dejarla luminosa y limpia. Mística. Luego, con los años, la combiné con la picaresca para poder vivir de ello.

Al principio de esta entrevista mencionabas a Vallejo. Otro maricón ilustre, el gran Reinaldo Arenas, decía siempre que la literatura no era un don, sino una maldición.
Y otro más, Truman Capote, que decía que cuando Dios te concede un don te concede un látigo. Bueno, esto es el resultado de la moral judeocristiana que llevamos en la genética. Pero yo no soy autodestructivo y no me gusta flagelarme. Yo, si he venido a esta vida a sufrir, pues que me pongan otra copa. Mira, yo me lo paso bien haciendo lo que hago, sobre todo documentándome. Esa parte la disfruto mucho. Es como el calentón antes del polvo. En el fondo soy como Nacho Vidal, también yo disfruto con mi trabajo.

¿Es así como te gustaría ser recordado, como un tipo que disfrutó haciendo lo único que sabía hacer?
Me da igual eso, lo que no me gustaría es sentirme recordado como un hombre de orden, pues soy todo lo contrario. El orden es peligroso. Pero, ya puestos, me molaría una estatua como la de Victor Noir en el cementerio de Père-Lachaise en París y que las tías fuesen a desgastarme los morros y la entrepierna hasta hacerme revivir.


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