Todo el tiempo


Ella
–sí, ya lo sé, ella otra vez–
se seca el pelo frente al espejo;
su secador emite un ruido atronador,
tan infernal como el de un túnel de viento.
Pero esto es irrelevante, si lo pienso.

Seca su pelo, insisto,
con un secador negro y enorme.
Yo estoy detrás, justo detrás.
Podría tocar su espalda si quisiera,
pero no quiero: está muy lejos
de aquí, no necesita que nadie
la traiga de vuelta.

No soy muy listo, pero sé
que piensa en todo lo que le falta.
Y, mientras tanto, igual que un robot,
con un cepillo de plata extiende su melena
desde las puntas y acerca el pelo al secador.
Lo hace así y no al revés, no sé por qué. 
Nunca le hago esa clase de preguntas.

Sostiene el secador
con su mano derecha,
muy firme, con el dedo
apoyado en el interruptor
y apuntándose a la sien,
como si fuese
un arma de fuego. 

Palpa su cabello
–ya seco–
entre los dedos,
así que lo apaga,
–gracias, al fin–
y nos quedamos 
los dos en silencio. 

Ha vuelto de
dondequiera
que fuese.

“Estabas ahí”, 
se sorprende.

“Todo el tiempo”,
le contesto.

Todo
el tiempo.