No recuerdo haber cruzado la ciudad


No recuerdo haber cruzado la ciudad
y, sin embargo, aquí estoy otra vez
junto a las vías. Esperando un tren
redentor que me ahorre el sufrimiento.
Mi espalda reconoce este frío de memoria,
no es más frío el frío del metal indiferente
que el que me habita y decide por mí.
Quisiera mirar el cielo por última vez
mientras siento cómo el temblor aumenta.
Abro bien los ojos, cuántas estrellas.
Recuerdo bien que, hacia el final,
al levantar la vista ya nunca estabas.
Espero que la vida siga tratándote bien.
Cierro los ojos de nuevo, el tren se acerca.
Me conforta conocer el sonido de mi muerte.
Cuando ya no nos cabe más muerte por dentro
es cuando la vida consiente que nos vayamos.
Aprieto los puños. Ya llega, por fin, mi tren.
Solo siento su estruendo atravesándome.
No hay dolor. Genial. Solo este ruido atronador.
Abro los ojos, otra vez. El tren avanza veloz
por la otra vía. Por suerte no alcanzo a ver
las caras de los pasajeros que me observan
tendido a la vil intemperie de la madrugada.
Me dejo estar aquí, no me levanto. Pienso.
Incluso para morir se necesita audacia.