Ya nunca



Vengo a contártelo
antes de que se me olvide:
Derribaron la casa. Sí, aquella casa,
la de la pobre tórtola atacada por el gato.
Solo queda una montaña de cascotes y maleza.
Derribaron la casa, sí, pero no su sombra.
Trataron de ocultarla, algunos días después,
pintando la medianera de atrás en un tono más oscuro,
un marrón horrible, el color más feo que puedas imaginar,
pero fue en vano: ahora su sombra destaca todavía más.
Cada vez que paso por allí, me acuerdo de ti y sonrío.

Derribaron la casa como quien tala un árbol menudo.
Así también nosotros, imagino. Como viejos recuerdos
de una ciudad olvidada, arrasada por la traición y el orgullo.
Souvenirs –je me souviens de nous– de nuestro lugar común
que solo yo mantengo vivo con estas letanías infames y huecas.
Nuestro lugar común es un páramo al sur de la frontera,
nuestro lugar común es una fosa cavada a conciencia
por las manos resueltas y generosas que te cuidan
y por nosotros mismos.

Venía a decirte que, aunque no quiera, quiero
sentir tu olor impregnado bajo las uñas, por toda la piel.
Eres la herida que arde sin remedio dentro de mi boca.
Vivo instalado en el espanto cotidiano y todos mis poemas
están plagados de palabras tristes y rotas como quebrantos.
Escribo en este papel, por ejemplo: “tu casa es del color del frío”
porque es verdad, aunque tú ya no seas capaz de darte cuenta.
Tendrás cosas más importantes en que pensar, pero yo no.
Por eso vengo a escribirte. Porque sé que ya nunca
–ya nunca– volverás a leerme.