Ciudad de los enfermos
Habitación catorce, cama dos.
Desde las dos alas de la planta trece
se domina la ciudad entera, bajo la bruma
otoñal que hoy la hace parecer un espejismo.
Los enfermos adivinan la ciudad entre la niebla,
se imaginan, inevitablemente, volviendo a sus casas;
una chaqueta encima del pijama y dinero para un taxi.
Están hartos de la vida carcelaria, de ser uniformados,
innombrados, numerados, tratados como coches viejos:
a los presos, por lo menos, les permiten estar solos.
Las enfermeras no tienen la culpa, pero te llaman
catorce-dos. Dicen: analgésico para la catorce-dos.
Llamad al celador para que cambien a la catorce-dos.
Hoy se va la cinco-uno. Todos se van antes que tú.
Hombres y mujeres vestidos de azul claro, familiares
elegantes con caras de sueño y dolor, hoy tan radiantes.
Y tú, catorce-dos, desde el lugar donde se domina todo,
desde el centro neurálgico de la ciudad de los enfermos,
observando a los coches encender sus luces de niebla.

