Luis Eduardo Aute: «El pesimismo representa una casi incondicional rendición»


A sus muy honorables setenta y dos, Luis Eduardo Aute mantiene muy viva la sana costumbre de cuestionarlo todo y también la de cuestionarnos y cuestionarse a sí mismo. Al fin y al cabo, su obra podría haber sido eso todo el tiempo: el eterno monólogo de un hombre ante el espejo del alma. Del ánima que da nombre al animal –que no la bestia– que asume, sin resignarse, el constante desafío de la vida.

“El sexto animal” es la constatación de ese espíritu rebelde, inconformista y combativo, a veces socarrón, siempre afiladísimo y ácido, pero también tierno y humano cuando procede, que eleva sus dudas universales a niveles astronómicos, que se pregunta por el fin sin olvidarse del principio, que resta la física a la metafísica, y que, contraviniendo toda norma, mira el pasado con escepticismo y el futuro con nostalgia.

Celebra estos días sus 50 años en el mundo de la música, pero sigue sufriendo cada vez que ha de subirse a un escenario. Por suerte, aún consigue encontrar paz de espíritu en su estudio, donde pinta, fuma, escribe y, a veces, rasga su guitarra. Diez años después de “Animalhada”, nos muestra ahora su Animal más transparente, honesto y universal.

Este SEXtO animal es mucho menos sexual de lo que su título invitaría a pensar. Diría que lo ha escrito usted más con el alma que con el cuerpo...
Probablemente, pero empiezo a tener serias dudas en cuanto a la asexualidad del alma. Como creo que Dios es sexo puro –que no puro sexo–, al alma debe sustanciarla una muy importante sobredosis de libido.

Más de veinte años separan a aquel primer Animal de este sexto. ¿Qué recuerda del Aute que escribió aquel libro? ¿Ha cambiado tanto?
Sí, creo que ha cambiado. Pero a mucho menos “más”. O, tal vez, todo lo contrario.

Y el mundo, ¿diría que ha cambiado a menos o a más? ¿Hay lugar para la esperanza?
El mundo, esencialmente, no cambia. Siempre fue –y seguirá siendo– un fabuloso despropósito de contrarios. Cambian los adjetivos al paso del tiempo, pero, en lo sustantivo, sigue permaneciendo inevitablemente fiel a sus principios de contradicción. No tiene arreglo, creo.

Ya lo advierte aquí: “el infierno es esto, es esto… o se le parece mucho”.
Así es. Pero lo es porque hemos tenido –y seguimos teniendo– alguna sexperiencia de paraíso, incluso sin la “s” inicial, para dar fe de la existencia del infierno terrenal.

Lo encuentro particularmente reflexivo en este libro. Decía Luis Felipe Comendador que “amar es un acto reflejo”. Detrás de tanta reflexión, ¿se oculta el amor propio?
Y el odio propio, también. Es en el estado de enamoramiento profundo –con comunión orgásmica incluida– donde la reflexión absoluta y plena nos puede revelar algún atisbo de la existencia de Dios. Eso dicen quienes experimentaron esa comunión. Y yo suscribo esa reflexión.

Dice que “Nada hay más irracional que el amor o el deseo carnal...” y que poco puede hacer la razón contra nuestros orígenes. ¿También a usted se le viene a la cabeza “El origen del mundo” de Courbet al hablar de agujeros negros?
Por supuesto.

Vuelvo a citarle: “Qué inútil la vida sin alguien que, por el hecho de existir, justifique la existencia del otro”. ¿Supedita la utilidad de la vida a la existencia de ese otro?
Sin el otro, la propia consciencia del yo propio no se daría.

“Sólo el amor detiene la violencia del paso del tiempo, en su eterna fugacidad”. Si echa la vista atrás, ¿sigue pensando que el tiempo es fugaz o lo empieza a sentir así ahora?
Cada vez me inquieta más ese espejismo del paso del tiempo. Tal vez porque, obviamente, me queda mucho menos tiempo por vivir. Más que inquietarme, me empieza a producir terror. Sin duda, el milagro del amor “detiene el tiempo”, muy poco tiempo, lamentablemente.

¿Qué es lo que mantiene viva su curiosidad, a estas alturas?
Lo que acabo de decirle. Y la curiosidad por esa incontenida y muy infrecuente necesidad de conocimiento que posee el ser humano.

¿Es esa curiosidad lo que le hace levantarse cada mañana?
No solamente la curiosidad. Como ya le he comentado anteriormente, la necesidad de aprovechar cada instante del día, en vista de que ya empiezo a tener los días muy contados en este planeta.

Vive cada vez más alejado de todo y de todos, entregado en cuerpo y alma a sus pulsiones creativas. ¿Qué le incomoda más: la muerte, el aburrimiento o la ignorancia?
El aburrimiento, la estupidez –la ignorancia involuntaria es inocente– y la muerte, o la consciencia de su proximidad, que me aterra, no tanto por su posteridad, sino por su proximidad y su avidez de devorar el tiempo que no queda.

Dijo una vez que “todo el misterio del Universo cabe dentro del Cosmos de cada cerebro”. Para comprenderlo no haría falta salir de uno mismo. Y, sin embargo, qué poca capacidad demuestra el ser humano para hacerlo.
Así es...

Hace especial hincapié en diferenciar al animal de la bestia. Supongo que ya no es la misma bestia que le miraba en el espejo, sino la bestia que le quiere asesinar. ¿Qué diferencia a un animal de una bestia?
La palabra “animal” viene del latín ánima, es decir, “alma”. ¡Cómo no van a tener alma los animales! La Bestia representa a quien niega esa premisa ética y etimológica... Y poética.

Hay dos cosas en este libro con las que me he sentido particularmente identificado: la primera es su creciente pesimismo con respecto al ser humano y su papel en el mundo.
Más que pesimismo –el pesimismo representa una casi incondicional rendición– sería un escepticismo agudo siempre resistente.

La segunda es su amor por los perros. Si no fuese usted taurino, podría estar casi a la altura de San Francisco de Asís.
Me considero un acérrimo amante y defensor del animal. Y también valoro la tauromaquia como una liturgia, un ritual donde se representa el universo, mágico y cruel a la vez, de las idiosincrasias de la vida de forma real, no ficcionada. Es una barbaridad llamar fiesta a esa dramaturgia, donde se produce la muerte. Donde la muerte es real nunca puede haber fiesta. En esa dramaturgia concurren el miedo, el valor, el engaño, la fuerza bruta, la inteligencia, la seducción, la magia, la medida, el respeto, los tiempos, la estética... Incluso el orgasmo, cuando se cuaja una magistral faena. Y, siempre, la muerte. Incluso la del torero. De imprescindible lectura es “La música callada del toreo” –título de un soneto de Rafael Alberti– que escribió José Bergamín. Tanto Alberti como Bergamín, poetas republicanos.

Se lo decía porque es fácil reconocer en toda su obra un poso de misticismo, incluso cierta religiosidad pagana. Después de este último compendio de saberes y retóricas filosóficas, astrofísicas y metafísicas, va camino de convertirse en monje.
Tal vez, pero no en un monje que entienda el templo como claustro, sino en uno que entienda el Templo como ámbito donde carne y espíritu se con-transubstancien a través de la pasión amorosa, con el fin de rozar la Belleza y algún destello de conocimiento.

Sería un poco como el hermano mayor de ese monaguillo que tiene en su estudio, que le regalaron porque se parecía a usted.
El monaguillo, pobrecito mío, representa lo eclesial, la curia, la religión... Lo contrario de lo que yo considero que debe ser la religiosidad. La Religión, ese ancestral e inmenso Poder, prohíbe la curiosidad, la mata. Por el contrario, la religiosidad alimenta esa curiosidad en su dinámica de religar con el origen, buscándolo, cuestionándolo todo, reflexionándolo todo.

Decía Nietzsche, que también tiene sitio en su libro, que las mejores ideas se concibieron caminando. ¿Cuándo le asaltan a usted estas iluminaciones?
Llamar iluminaciones a unas simples ocurrencias que se me presentan de improviso me parece un despropósito. Pero, sí, cuando se producen –que se producen cuando les da la gana– puede ser caminando, o quieto con alguna copa de más –lo más habitual– o simplemente bajo la ducha. Con el agua cayendo sobre mi cabeza, a veces me cae una cascada de ocurrencias.

Se agradece que mantenga intacta la rebeldía. Que en su discurso sigan irrumpiendo la reivindicación social, la denuncia y el desafío a la injusticia es algo que le honra.
Se agradece esa consideración.

¿Siente que las cosas que escribe dan testimonio de la época en que vive?
Pasando el tiempo, creo que sí.

Si no fuese porque usted mismo define internet como “una trampa mortal y suicida”, le diría que podría haber sido un magnífico tuitero.
Odio el anglicismo tuitear. Las personas no tuitean: hablan, conversan, dialogan...

Se lo decía porque es difícil resumir tan bien los fundamentos de las redes sociales –de la red en general– en tan pocas palabras. Y allí se valora mucho esa capacidad de decir en tan poco espacio. ¿Nunca ha sentido la tentación de abrirse una cuenta?
Cuando veo a toda esa gente que está metida en redes sociales, tuiteando y aplicando aplicaciones diversas, me alarma comprobar el tiempo de vida que se pasa abducida por la tecnología. Y, como ya he dicho, mi gran problema es la falta de tiempo y no pienso regalárselo a los tentadores tentáculos de Steve Jobs. Sería lo último.

Volvamos al papel. Se puede decir que estos poemigas suyos se han convertido ya en un género consolidado y bastante reconocible. También en esto ha sido usted pionero.
Ojalá que así sea. No habrá sido un tiempo perdido el hecho de poemigar mis ocurrencias.

No lo será, no. ¿Habrá séptimo animal?
Habrá un “sépTIMO animal”. TIMO, en mayúsculas, es una acepción de la glándula timo, la glándula de las emociones y de la felicidad, ubicada donde toma consciencia y conciencia el “yo”. Viene del griego thýmos, que significa “alma”. Una de ellas, pues la otra es psyché... Las almas también son duales. La eterna dualidad en conflicto perpetuo. Otro título podría ser “Los siete pecados animales”.
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