Casas vacías



Cuando era niño amaba el olor a nuevo de las cosas. No lo podía evitar. Las gomas de borrar, los tacos de plastilina, el celofán, el pegamento, los juguetes de plástico o los lápices recién afilados desprendían un aroma intenso del que siempre procuraba empaparme. Al crecer, descubrí otros: el de habitación recién pintada, el de baño desinfectado, el de nube quemada, el del cemento fresco, el del papel plateado de las cajetillas de tabaco y, sobre todo, el de coche nuevo. Soy incapaz de olvidar el olor del último coche que compró mi padre. Recuerdo el día que me llevó con él a recogerlo al concesionario, hace ya treinta años. Era un Ford Escort de color gris, un homenaje a la línea recta, con los asientos tapizados estilo Arkanoid. En sus aletas delanteras, sobre el embellecedor metalizado que lo atravesaba, una inscripción decía Laser. Aquellas letras me hacían sentir como si me estuviese subiendo a bordo de una nave espacial.

Todas las cosas huelen distinto cuando se abren por primera vez. Huelen a novedad, a presente recién estrenado. Por un instante, nos trasladan al lugar donde aún podemos ser niños, activan nuestros mecanismos más básicos y nos devuelven aquella sensación que percibimos cuando las olimos por primera vez: la de descubrimiento. Hay una magia innegable en ese proceso, pero es solo un truco. Con el tiempo, uno se acostumbra a ver la novedad como lo que es: algo efímero y engañoso, una caricia fugaz, una promesa con más entusiasmo que visos de cumplirse. Dejamos de crecer para hacernos viejos y empezamos a comprender que la verdad no está en lo nuevo, sino en lo que queda de lo que alguna vez fue. Por eso tiene tanto sentido que un niño se reconozca en el olor a nuevo como que un adulto se deje conquistar por el encanto de las ruinas.

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