La hora de los solitarios

© Tom Boechler

Ahora que los parques infantiles parecen la escena de un crimen reciente y a las ventanas les han crecido ojos como hongos, quizá haya llegado el momento de reivindicar la soledad, la nuestra y la de todas las cosas, de una vez y para siempre

No es el fin del mundo, pero se le parece. En cierto modo, lo es. Es el fin del mundo que conocimos. Son días extraños, de inhabitada amargura para la mayoría. Las calles se han llenado de un vacío insólito, como si se hubiesen dejado abrazar por la tristeza hasta el desmayo, y las tiendas, las cafeterías, los colegios, se han vuelto parajes desolados, desiertos atípicos donde el ruido del silencio resulta más ensordecedor y desconcertante que nunca.

Esta mañana, una mujer desconocida me ha regalado una epifanía. Iba descendiendo la Gran Vía con la resignada obediencia de un contrapeso, empujando un carrito de la compra, aún vacío. Antes de llegar a su destino, a la altura de un paso de cebra, impelida por quién sabe qué fuerza sobrenatural, se ha detenido en seco frente al bar que hace esquina y ha aplastado su nariz contra el cristal, como intentando descifrar el presente en su interior. He querido imaginar que buscaba algún rastro de vida entre las sillas, dormidas bocabajo sobre las mesas. Quién sabe si se estaría viendo a sí misma allí dentro, a través de su propio reflejo. Entonces he recordado ese poema maravilloso de Carver, “Cierras la puerta por fuera, luego tratas de entrar”, donde expresa lo extraño y revelador que resulta observar desde fuera la propia vida de uno: “Así de sencillo, sales y cierras la puerta / sin pensarlo. Y cuando te das cuenta / de lo que has hecho / es demasiado tarde. Si suena como / la historia de una vida, perfecto”. A través del cristal de su propia ventana, Carver observa con detenimiento las cosas a las que la rutina desprovee de importancia, subrayadas más que nunca por su ausencia o su distancia aparentemente insalvable: “La taza de café y el cenicero esperándome / en la mesa de cristal, y mi corazón / proyectado hacia ellos. Les dije: hola, amigos / o algo parecido”. A la escena de mi desconocida solo le ha faltado la lluvia para ser perfecta, pero esta mañana hacía sol. Ha permanecido allí unos segundos, apoyada en el cristal del bar vacío, antes de emprender de nuevo su camino, pensativa. Esa mujer, que probablemente jamás sabrá de la existencia de ese poema de Raymond Carver, acababa de convertirse, sin saberlo, en un poema.

En cuanto he llegado a casa he empezado a escribir todo esto en un papel, en el primero que he encontrado, porque necesitaba vivamente recordarlo y porque escribir a mano me ayuda a organizar mejor mis ideas, voy ordenando las palabras mientras las siento brotar del bolígrafo como si fuese un grifo conectado directamente a mi cerebro. Y al acabar, en cuanto he sentido que había salvado para la posteridad esta historia insignificante y minúscula, he levantado la cabeza y me he encontrado de frente con el monitor apagado, devolviéndome mi imagen cargada de ojeras y rara satisfacción, como en “Televidente”, de Óscar Hahn: “Aquí estoy otra vez de vuelta / en mi cuarto de Iowa City. / Tomo a sorbos mi plato de sopa Campbell / frente al televisor apagado. La pantalla refleja la imagen / de la cuchara entrando a mi boca. / Y soy el aviso comercial de mí mismo / que anuncia nada / a nadie”.

Me guardo, como hacía Bohumil Hrabal durante la ocupación soviética, todas estas historias para mí mismo. En mis cajones, para nadie más. Para los papirófagos, tal vez. Es fácil imaginarse a Hant’a, el protagonista de “Una soledad demasiado ruidosa”, en su jardín, enseñándonos ahora, tantos años después, a desenvolvernos en esta inquietante quietud con la misma soltura con que él desafiaba la oscuridad de los tiempos. En la versión original de la novela, Hant’a –el tierno prensador de papel que embellecía y dignificaba sus balas con láminas de grandes maestros de la pintura y libros únicos que le volvieron culto a pesar de sí mismo– se llamaba Adán.

Belleza y fatalidad 
“Los libros me han enseñado”, decía Hant’a, “el placer y la voluptuosidad de la devastación, soy feliz cuando diluvia y adoro los equipos de demolición, me paso horas de pie mirando cómo los dinamiteros hacen saltar por los aires manzanas enteras, calles enteras, como si hinchasen neumáticos gigantes, devoro con los ojos ese primer segundo, cuando se levantan los ladrillos, las piedras y las vigas y un momento después las casas van cayendo suavemente como un vestido desabrochado resbalando por el cuerpo, como un transatlántico hundiéndose en el mar tras la explosión de las calderas”. Los solitarios, los tristes, los desesperanzados, los amantes del silencio y la fatalidad, los misántropos: ni siquiera ellos lo vieron venir. Por fin un mundo entero hecho a su medida. Podría ser hasta hermoso. 

Y ya que hablamos de Hant’a, de lo bello y lo fatal, tomemos la ciudad de Praga como ejemplo. La vieja, mágica y eterna Praga, a diario arrasada por hordas de turistas de todas las nacionalidades imaginables y alguna más, ha recobrado por momentos el aura melancólica y el silencio trastornado de los días en que Hrabal la surcaba sin descanso a bordo del tranvía 17. Sin descanso y sin destino, porque no se dirigía a ninguna parte. Lo hacía solamente para huir de los Servicios de Seguridad, que le habían interrogado en más de una ocasión y habían puesto sobre él su lupa de censura y terror. Bajo ningún concepto quería volver a su casa en Palmovka, en el barrio de Libeň, que, años después y junto a muchas más, acabaría siendo derribada y amalgamada con sus recuerdos y ausencias, como un enorme paquete de papel prensado, en una anodina estación de metro. Si resulta totalmente inconcebible que Hrabal hubiese sido capaz de sobrevivir a esta Praga demente, masificada y resuelta y parásitamente empeñada en desangrar su alma y su belleza, no lo sería tanto ahora que las palomas han recuperado el control de las calles y las plazas. Su fantasma puede campar, por fin, a sus anchas. Y darles de comer, como hizo su último día, antes de saltar por la ventana. 

De nuevo, las ventanas. Con tantas pantallas brillantes demandando nuestra atención a todas horas, jamás podríamos haber imaginado que las ventanas llegarían a recuperar algún día la importancia de los tiempos en que no existían tantas distracciones. En “La transformación” de Kafka, escrito hace más de cien años, lo último que sentía Gregor Samsa antes de morir en su confinamiento forzoso eran las primeras claridades del mundo exterior a través de su ventana. Nosotros, como Samsa, nos hemos encerrado a esperar que todo termine: el miedo, la muerte, el absurdo. Como si un gigante invisible hubiese entrado en una habitación imaginaria y encendido la luz, hemos corrido temblando a ocultarnos en nuestros refugios, como tristes insectos nocturnos. 

Insectos, más insectos 
Tras sobrevivir al salvaje bombardeo aliado de Dresde encerrado en el frigorífico subterráneo de un matadero industrial, el joven soldado Kurt Vonnegut –que con su inherente torpeza había condenado también al resto de su pelotón al cautiverio y, por ello, salvado sus propias vidas y las de los seis guardianes nazis que los custodiaban–, describió el desconcierto que experimentó nada más salir de su encierro a la ciudad arrasada por las llamas. “Si hubiéramos subido a echar un vistazo” –escribe en el prólogo de “Matadero Cinco”– “nos habríamos convertido en esos artefactos característicos de los incendios masivos: pedazos de materia parecidos a leños chamuscados, de sesenta a noventa centímetros; seres humanos ridículamente diminutos o, si lo prefieren, gigantescas cigarras fritas”. Tristes insectos, otra vez. 

Un asedio de la magnitud del que nos ocupa, en que la vida y su reverso emplean tantos recursos y denodado énfasis en recalcar que cada día se nos está concediendo una nueva oportunidad de seguir viviendo pero también de equivocarnos, me inclina a vernos como al fantasma protagonista de “A Ghost Story”, de David Lowery, que regresaba a su hogar después de morir en accidente de tráfico con la intención de consolar a su viuda y lo único que conseguía era quedarse encerrado allí dentro, eternamente, casi como nosotros ahora, a observar cómo la vida se va desintegrando al inexorable ritmo de sus ciclos, a través del tiempo, y todo va muriendo, desapareciendo, transformándose irremediablemente, excepto los fantasmas. Los fantasmas siempre son los mismos. También como nosotros ahora, lo único que podía hacer aquel pobre infeliz era asomarse a la ventana y esperar que todo aquello, fuese aquello lo que fuese, acabase. 

Hace unos años dejé escrito en alguna parte que las ciudades donde nadie nos conoce eran el paraíso soñado de los perdedores. La había escrito en presente porque lo creía. Y porque nunca, como ahora, había conocido sensación como esta. Ya no hace falta irse de aquí para que nadie te reconozca. La ciudad se ha convertido en un descomunal naufragio abandonado a su suerte en las profundidades de la nada. Cees Nooteboom escribió que una ciudad es mucho más que eso: “Una ciudad son todas las palabras que se han dicho en ella, un incesante, interminable murmurar, susurrar, cantar y gritar que a través de los siglos ha resonado en ella y se ha dispersado. Aunque se haya desvanecido, ha formado una vez parte de ella, incluso lo que ya nunca se podrá reconstruir es parte de ella, simplemente porque antaño aquí, en este lugar, se gritó o se habló una noche de invierno o una mañana de verano”. Si Nooteboom viniese hoy a donde vivo y pudiese sentir el eco del canto de los pájaros rebotando contra los edificios, o sus reclamos solitarios y desconcertados desde las ramas de los árboles, seguro que tendría algo más que añadir a su tratado sobre ciudades evanescentes. 

Adiós, amigos 
Cae la tarde y ha empezado a llover tímidamente. Una luz plateada baña todas las cosas y aviva sus colores, como intentando recordar a los pesimistas que, para bien o para mal, aún hay esperanza. La lluvia barniza el asfalto y oscurece las fachadas de piedra de los edificios. A medio camino entre la parada del autobús y el paso de cebra un hombre de pelo blanco se ha detenido sin más, como la mujer de esta mañana. Se ha quedado totalmente quieto un buen rato, como si hubiese olvidado a dónde iba. Llevaba encima un paraguas que ni siquiera abriría. A Howard W. Campbell, Jr., protagonista de “Madre noche”, la mejor y peor tratada novela de Kurt Vonnegut, le ocurría algo parecido hacia el final, aunque es seguro que por razones bien distintas. Tras salir del calabozo y haber andado unos pasos, se quedaba completamente inmóvil en medio de la calle. Y, mientras permanecía así, durante horas, se preguntaba acerca de los motivos que podrían haberle llevado a aquel extremo. No era el sentimiento de culpa, no era el miedo a la muerte, ni la rabia contra la injusticia, ni la certeza de que nadie le amase, ni tampoco la idea de un Dios cruel. Lo que le paralizaba, en realidad, no era otra cosa que no tener ningún motivo por el que moverse en una u otra dirección. Seguía allí, estático, hasta que un policía se le acercaba a preguntarle si estaba bien, si esperaba a alguien y si no sería mejor que se fuese a su casa, cosa que acababa haciendo solo porque alguien se lo había sugerido. A mi estatua de pelo blanco no ha venido a rescatarla ningún agente del orden. No había nadie más. Ha estado quieto unos minutos, bajo la fina y constante lluvia, tal vez sintiéndose vivo por su caricia, tal vez ocupado en hacerse sus propias preguntas. Ha mirado a su alrededor para comprobar que seguía solo. Después ha apoyado el mango de su paraguas en un hombro y se ha ido dejando tras de sí un rastro brillante de poema, como un caracol viejo que no sabe cómo ha llegado a la mitad de la carretera pero sigue avanzando sin perder de vista las flores del arcén.

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